Ícaro

 

Ícaro no quería caer, nadie quiere caer cuando vuela alto, cuando casi toca con la punta de los dedos la luz radiante.

Ícaro no quería caer, nadie quiere caer. Si lo piensas permaneces, si lo piensas eres capaz de crear un ancla, de sobrevivir, de volar a media altura. No es una cuestión de valentía o cobardía, ni de soberbia o resignación, es una cuestión de camino.

Ícaro no quería caer, o tal vez sí. Algo dentro de él sabe que la luz quiebra , rompe y hace caer por toda la eternidad. Sin embargo tantos han seguido ese rastro de luz atraídos como un imán, la luz de calor eterno, la gran promesa, una llamada seductora… un impulso de vida con certeza de convertirse en muerte.

Esa luz destrozó sus alas. Ícaro destrozó sus alas. Y cayó.

Caer como un cuchillo que se clava rápido en la espalda, como intento de suicidio, de llegar a una esencia, de dejar atrás el brillo de diamante. Una caída libre, en picado, con tiempo para temer, para lamentar, para suplicar, para llorar. Una caída de minutos, de siglos, interminable. Esa es la auténtica muerte, esa caída disparatada, la incapacidad de regresar, el miedo, el gran miedo a cada pregunta que surge en cada segundo de descenso.

Descenso, miedo.

Miedo, soledad.

Miedo.

Muerte.

Y entonces, un golpe seco y duro.

Con el caos hecho vacío, con la genuina derrota termina la muerte y comienza su historia. Aquí comienza la historia de Ícaro. Un impacto, un dolor de parto, el primer contacto con la madre y una plácida suciedad, una suciedad nunca reconocida, que aleja de la luz, que impide volar, que calienta el alma. La tierra no promete nada, te da lo que tiene. El dolor de la caída siempre quedará y un cuello preparado para mirar hacia arriba, hacia donde se quiso ser lo que no se era.

En la tierra las alas tienen forma de raíces. Se vuela de otra manera, a golpes de carne y tierra. El barro que se mete entre las uñas, el que ensucia tus pies, cubre tu cuerpo, ese, ese y no otro es el aura. Y se convierte en aura porque eliges que sea parte de ti, porque el impacto, la muerte, el contacto bruto con la tierra te ha hablado y lo has entendido. No hay diferencia entre el barro y tú, no hay diferencia entre el dolor y tú, no hay diferencia entre caída y vida, no hay nada entre tú y yo. En la tierra, sucio, dolorido, rabioso, desnudo sientes que la luz que perseguiste un día ahora brilla cálida dentro de ti.

 

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