Ícaro

Ícaro, los ángeles caídos condenados por mirar alto, por buscar hacia arriba, por jugar a lo que no son. Ícaro, sígueme, no vueles muy alto que tus alas no se derritan con el sol, ni muy bajo que las espuma del mar no haga tus alas demasiado pesadas, sígueme. Ícaro no siguió a Dédalos, su padre, la razón, el arte hecho estructura. Lucifer tampoco al suyo, Dios omnipotente. Y tanto otros que desde Babilonia juegan a buscar, a seguir un rayo de luz, una promesa aun a costa de que romperse, de quebrar una ilusión y de caer por toda la eternidad. Ellos no querían caer, nadie quiere caer, si lo piensas permaneces, si lo piensas eres capaz de crear un ancla, de sobrevivir. No lo pensaron, siguieron un rastro sutil, una llamada seductora… un impulso de muerte. Y rompieron el límite, destrozaron sus alas.

Caer como intento de matar al padre, de suicidio, de tomar una decisión que los haga libres, de dejar atrás el brillo de diamante. Una caída libre, en picado, con tiempo para temer, para lamentar, para suplicar, para llorar. Una caída de minutos, de siglos, interminable. Esa es la auténtica muerte, esa caída disparatada, la incapacidad de regresar, el miedo, el gran miedo a cada pregunta que surge en cada segundo de descenso.

Descenso, miedo.

Miedo, soledad.

Miedo.

Muerte.

Y entonces, un golpe seco y duro.

Con el caos hecho vacío, con la genuina derrota termina la muerte y comienza su historia.

La historia que no cuentan, porque no se puede contar, porque las historias solo llegan hasta donde pueden, a partir de ahí los sucesos son inenarrables, se vive. Un impacto, un dolor de parto, el primer contacto con la madre y una placida suciedad, una suciedad nunca reconocida, que aleja de la luz, que impide volar, que calienta el alma. La tierra no promete nada, te da lo que tiene. El dolor de la caída siempre quedará y un cuello preparado para mirar hacia arriba, hacia donde se quiso ser lo que no se era.

En la tierra las alas tienen forma de raíces. Se vuela de otra manera, a golpes de carne y tierra. El barro que se mete entre las uñas, el que ensucia tus pies, cubre tu cuerpo, ese, ese y no otro es el aura. Y se convierte en aura porque eliges que sea parte de ti, porque el impacto, la muerte, el contacto bruto con la tierra te ha hablado y lo has entendido. No hay diferencia entre el barro y tú, no hay diferencia entre el dolor y tú, no hay diferencia entre caída y vida, no hay nada entre tú y yo. En la tierra, sucio, dolorido, rabioso, desnudo sientes que la luz que perseguiste un día ahora brilla cálida dentro de ti.

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